Era 1986 cuando Pablo Carbonell nos contaba, a su modo, el ciclo del agua. Treinta y un años después sería de esperar que aquella canción de Los Toreros Muertos nos hiciera gracia no sólo por su loca interpretación, sino también por su contenido. Sin embargo tras un verano bañado por cianobacterias el tema se ha puesto bastante serio.

Este 2017 ha coincidido con el Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos, un texto -técnico y amplio- que trata de fomentar nuevas perspectivas sostenibles en materia de agua y del que destacamos lo siguiente:

Unos 1.000 millones de personas practican aún la defecación al aire libre.

En promedio, los países de ingresos altos tratan cerca del 70% de las aguas residuales municipales e industriales que generan. Este promedio cae a un 38% en los países de ingresos medios-altos y a un 28% en los países de ingresos medios-bajos. En los países de ingresos bajos solo el 8% recibe algún tratamiento. Estas estimaciones sustentan la aproximación que se cita comúnmente de que, en la Tierra, más del 80% de las aguas residuales son vertidas sin tratamiento alguno.

Un asunto alarmante sobre todo si se tiene en cuenta que se prevé que las poblaciones urbanas se dupliquen en los próximos 40 años.

Buena parte de la culpa de esta situación se debe quizás a la priorización -al menos hasta ahora- de la comercialización del agua potable, descuidando la gestión de la residual. Sin embargo, el agua “ya utilizada” no es necesariamente un desecho a eliminar, debe ser considerada un posible recurso de energía, nutrientes y metales -entre otros subproductos- que pueden generar oportunidades comerciales.

Lámina perteneciente al libro Debajo de la tierra, debajo del agua, de los artistas gráficos polacos Aleksandra Mizielińska y Daniel Mizieliński, con más tres millones de ejemplares vendidos.